María Moliner, en su Diccionario de uso del español, establece como primera acepción de ‘amistad’ (derivada del latín amicus) la de “anudar, entablar, hacer, trabar, cultivar, frecuentar, mantener relación entre amigos”. En su segunda acepción recoge que es aquella “persona con quien se tiene amistad”, lo que añade una connotación ciertamente interesada: son también ‘amistades’ aquellos “amigos influyentes de quienes se pueden conseguir favores”.
Cuando se cumplen 125 años del nacimiento de la genial creadora del DUE reparo en que esa es la sutil diferencia que hace que pueda decir que tengo la fortuna de tener muchos amigos, pero no amistades. Porque de los amigos no se espera el favor de su influencia, sino acaso, y como un regalo, algún favor a secas, de los de andar por casa, de los que no te resuelven la vida, pero te la hacen más llevadera.
Entiendo a quienes prescinden de algunas relaciones, a quienes no se casan, a quienes no tienen hijos ni aceptan tener jefes, e incluso a quienes se mantienen en estricto celibato, pero jamás entenderé a quienes no anudan, entablan, hacen, cultivan, frecuentan o mantienen relación con amigos. A medida que van pasado los años, tal vez este último verbo, mantener, es el que cobra más importancia, por la voluntad y el esfuerzo que requiere.
Siempre me he preciado de tener muchos amigos y de lo más variopinto, amigos mucho mayores y mucho más jóvenes que yo, tradicionales y progresistas, creyentes y ateos, de izquierdas y de derechas, nacionales y extranjeros, de ciencias y de letras, a los que aprecio sin que las diferencias sean en ningún caso tenidas por una desventaja o inconveniente para que pueda mantener con ellos una relación de saludable amistad. Cuando no los tengo cerca, a menudo sueño con ellos: sentados en un sofá muy grande, o abrazando amorosamente en el regazo lo que a primera vista parecería un animal peludo pero, de cerca, un enjambre de abejas a las que, una por una, lanzar al aire para enseñarlas a volar… Sé que también ellos sueñan conmigo. A veces, incluso, desde muy lejos, a través de la larga extensión del espacio y los años, me envían sus sueños por escrito. No me resisto hoy a compartir este, precioso, que hace casi dos lustros me envió Luis desde otro continente, porque me infunde paz leerlo y recordarle, y saber que hay quien cuida de las abejas en la vida real como en los sueños:
«Soñé que yo estaba en el campo trabajando y había entrado un mensaje en mi celular, cuando lo veo ya no tenía el teléfono en las manos sino varios papeles impresos, con cientos de nombres de personas. Los voy leyendo y encuentro tu nombre, después el mío. Después me encuentro caminando, buscando algo entre las matas y los árboles, por momentos el lugar en el que estoy no es la llanura sino una calle de mi barrio, y los eucaliptos del campo se van alternando con las coníferas y plátanos de una plaza de mi barrio de Buenos Aires. Después el barrio desaparece y estoy en otro campo, voy caminando por un humedal con mis perros chapoteando en el agua. Allá lejos veo un puente que cruzaba un río, en esta parte del sueño sentía que debía hacer un gran esfuerzo para avanzar, se veía muy lejos el puente. Sin embargo cuando llego comienzo a subirlo otra vez de buen ánimo, hasta que compruebo que no iba de orilla a orilla sino que ese puente corría en la misma dirección del río, cubriéndolo en toda su larguísima longitud, como una muralla china interminable. De golpe todo cambia: aparezco de pie en el vano de la puerta de un ambiente en penumbras, apenas iluminado por una lámpara de mesa, que iluminaba el escritorio ante el cual te sentabas. El círculo de luz iluminaba los papeles que escribías y leías y dejaba en la oscuridad los estantes llenos de objetos y libros que se encontraban a tus espaldas. Yo te contemplaba durante largo rato y tú sabías que yo estaba ahí, pero no hacías otra cosa más que escribir y leer. Entonces, con la misma cazadora y con las mismas botas embarradas con que crucé el humedal entré en el despacho, caminé hasta la silla que estaba al otro lado del escritorio y me senté. Tú me sonreíste por un instante y bajaste otra vez la mirada hacia lo que estabas haciendo. De pronto mi mano derecha apareció sobre los papeles que leías, con la palma hacia arriba, entonces tú apoyaste tu mano sobre la mía, palma con palma, y las observaste por unos segundos como si continuaras leyendo ya no los papeles sino las dos manos. Y dijiste – «Así se escribe, corazón, en esos idiomas»».
Son los amigos los que, con su constante presencia en mi vida, diurna y nocturna, me han enseñando a escribir en esos idiomas que se aprenden leyendo en las manos cogidas con afecto.
Aquí puedes leer otro relato de Susana
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